Historia fundacional

Recorrido de la fundadora Ana Blanco García

Aunque desde muy pequeña he sentido un profundo compromiso con la justicia social, fue mi experiencia de casi siete años dedicada a la cooperación internacional y al encuentro con otras culturas y comunidades lo que terminó de marcar mi recorrido vital y profesional.

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Comunidad terapéutica Fiesso Umbertiano

 

Esta etapa comenzó en Italia, al finalizar la carrera de psicología y realizar mi primer voluntariado en una comunidad terapéutica con personas extoxicómanas y exreclusas. El contacto diario con historias de dolor y exclusión, y al mismo tiempo con la fuerza de la dignidad y el cambio, me confirmó que la psicología podía y debía ser una herramienta para la justicia social.

Más tarde me establecí durante años en América Latina y África, donde tuve la oportunidad de trabajar en proyectos de cooperación en Brasil, México y Senegal. Fue allí donde tomé verdadera conciencia del poder de la comunidad en contextos de pobreza.  

En los proyectos comunitarios aprendí que el funcionamiento de muchos grupos humanos no se basa en la lógica individualista que predomina en los países desarrollados, sino en una fuerte responsabilidad compartida. Me di cuenta de que la educación de los niños y niñas en esas comunidades era una tarea colectiva, y el respeto a los mayores, una clave esencial enraizada en sus culturas.

Esa red de vínculos, ese sentido de pertenencia y cuidado mutuo, me reveló otra manera posible de vivir y construir comunidad.

 

A mi regreso a España, comencé a trabajar en el ámbito de la prevención con menores en riesgo y  desde hace más de una década coordino el Área de Formación de la Asociación Nacional de Agentes Tutores, una iniciativa impulsada por el Ministerio de Sanidad y la Federación Española de Municipios y Provincias. En este ámbito, gestiono acciones formativas para acompañar a policías locales de toda España en su especialización como agentes preventivos con menores y familias vulnerables. 

Ha sido y es un privilegio formar parte del nacimiento y desarrollo de este proyecto, que busca prevenir la exclusión desde una mirada colaborativa, comunitaria y proactiva.

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Santa Eulalia del Río, Ibiza

Bifurcaciones vitales me llevaron a la isla de Ibiza, donde resido desde hace siete años y compagino mi trabajo como psicoterapeuta y formadora. Desde mi práctica privada como terapeuta he podido vincular con la realidad comunitaria de la isla y constatar la falta de recursos humanos y medios económicos para dar respuesta a la necesidad de atención en salud mental para los colectivos más vulnerables: menores en situación de riesgo, mujeres víctimas de violencia, personas migrantes, mayores en soledad…

 

Es aquí donde mi camino personal y profesional se ha ido reconectando con el anhelo de justicia social de mi infancia y con la conciencia del poder de la intervención comunitaria adquirida en los años de cooperación internacional. 

El llamado a la acción vino con fuerza: la atención en salud mental debía ser un derecho fundamental y no un lujo o un privilegio accesible sólo para las personas que puedan pagar un tratamiento. No puede haber salud sin salud mental, de la misma forma que una comunidad no puede considerarse sana si deja atrás a los más vulnerables. Había llegado el momento de formar parte del cambio que quería ver en el mundo y crear un proyecto estable, con impacto, con alma.

 Así nace esta Fundación: como una necesidad sentida, como una respuesta colectiva y como una forma de poner al servicio de esta comunidad la formación, experiencia y compromiso de un equipo fuerte y comprometido de psicólogos y terapeutas. Y es que Almaterra se ha hecho realidad al resonar con un equipo de personas motivado a compartir y tejer el mismo sueño, comprometidos igualmente con el acompañamiento a personas y colectivos en situación de vulnerabilidad, desde un enfoque integrador, ético y accesible.

En Almaterra creemos firmemente que la salud emocional y el bienestar social no pueden entenderse sin una conciencia profunda del vínculo con el entorno natural. Por eso, una de las raíces de esta fundación es también la conciencia ambiental. Sanar implica también reconectar con la tierra, los ritmos, los ecosistemas que nos sostienen. Nuestra intervención terapéutica incorpora, por tanto, esta visión ecológica: creemos que no puede haber bienestar humano sin cuidado del planeta.

Esta Fundación emerge del deseo profundo de acompañar procesos de transformación y sanación individuales y colectivos, y de generar redes de cuidado reales, sostenibles y transformadoras. Porque el sufrimiento existe, sí, pero también la posibilidad de sanar, de cuidar y cambiar las cosas.

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